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Un martes de finales de junio, sentada en un despacho de la empresa de comunicación en la que estoy realizando mis primeras prácticas, intento justificar el por qué del título que encabeza este artículo de opinión. Él mismo habla por sí solo pero aun así, es de mi incumbencia argumentar la razón que me ha conducido a escribirlo.

Nunca he sabido con certeza qué es lo que querría estudiar. Cuando todos mis compañeros de la escuela primaria contestaban con sueños casi inalcanzables, yo apenas sabía qué responder para salvarme del apuro. Para ser sincera, me aterroriza la idea de ponerme a pensar sobre algo en lo que debo dedicar el resto de mi tiempo, en algo que quiera y deba hacer todos los días. O incluso peor, algo en lo que deba dedicar mi tiempo sin satisfacer mi deleite. Y todo por no ser suficiente, por no ver más allá, por no encontrar una mejor opción, por no poder volver atrás.

A mi parecer, gran parte de responsabilidad se debe atribuir al sistema educativo, que no nos ofrece un amplio campo de visión para poder observar a través de los opacos cristales que ciegan nuestras posibilidades.

Una vez acabado mi primer curso en una educación no obligatoria, como la que es bachillerato, puedo manifestar mis aptitudes frente a los estudios, destacar unas u otras asignaturas que han logrado realzar mis capacidades. A día de hoy soy plenamente consciente, o eso creo, de hasta dónde puedo llegar en según qué ámbitos.

Cabe añadir que esta sensación no la había sentido antes de haber superado lo que a algunos les parece un obstáculo y que personalmente, me parece la salida de un largo túnel oscuro que comparte similitudes con la ESO.

Hasta entonces, dicho sistema educativo me había hecho perder el interés por los nuevos conocimientos que no eran de mi apego. Me habían hecho creer que sabía desenvolverme en según qué entornos cuando todo se trataba de una completa falacia.

Algunos consideran que la ESO es la base para acceder a otros estudios superiores, en cambio, existen otros que así mismo conciben el bachillerato. No obstante, mi posición frente a esta actual controversia sobre la educación, se sitúa en la siguiente proposición: es cierto que en la ESO muestran diferentes opciones para elegir en un futuro, pero aun así, se trata de opciones totalmente mecánicas que no despiertan la creatividad y las ganas de seguir formándose como persona bajo un modelo educativo. El sistema educativo necesita un cambio, necesita despertar ambiciones, ganas de crear, de degustar nuevas alternativas que no se traten de saber llevar a cabo una ecuación de segundo grado cuando lo que realmente vas a estudiar es filología hispánica.

Mi yo de 16 años se encuentra en el constante dilema de no saber si lo que escojo es lo correcto, si lo que decida estudiar por gusto va a conseguir proporcionarme un futuro estable o si lo idóneo sería escoger entre algo que de bien cierto sepa que va a lograr darme de comer.

Me encuentro en la constante duda que viene acompañada de la angustia de si a pesar de saber cuáles son mis virtudes encontraré ese defecto que hará replantearme la decisión que tomé años atrás.

Alguien de 16 años no debería encontrarse en esta situación. Pretenden hacernos creer que somos lo suficientemente maduros para según qué actividades y en el momento de la verdad, el miedo se nos antoja a cada paso que damos.

La incertidumbre del qué estudiar me acompaña en cada tarde que paso estudiando para un examen, en cada mañana de camino al instituto pensando en que me esperan dos horas de literatura. La incerteza se esconde detrás de mí cada vez que me preguntan si el latín me servirá de algo, si el periodismo me dará un lugar para trabajar, si ser profesora de historia es a lo que realmente quiero dedicar mis horas.

La presión social, el sistema educativo y la situación en la que nos encontramos la mayoría de jóvenes de 16 años que deben escoger su vocación un mes antes de presentarse a un examen que decide su futuro según la nota de corte, no ayuda a que una tarde sentada en el sofá de mi casa, logre decidir qué es lo que me espera los próximos cinco años o incluso, el resto.

Mª Carmen Valdivia

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